Anoche estaba sentado en la sala. Leía plácidamente “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago (perdón Erika, apenas estoy haciendo la tarea…), cuando mi madre recorrió la estancia rápidamente y apagó la luz. “¿Qué pasó?” pregunté con inquietud. “Ay, perdón hijo, no te vi”. Y salió de ahí.
Al poco rato, mi papá repitió la escena. “Aquí estoy” dije con mi tonito seco. “¿Qué hubo? Me espantaste, ¿estás leyendo? Muy bien, ya me voy a acostar, hasta mañana hijo”.
Así fue como me convertí en un hombre invisible que leía algo acerca de un ensayo sobre la ceguera.
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